Sus padres cuentan que fue un niño preguntón y curioso. Tenía 4 años cuando su hermano mayor le enseñó a leer, a esa misma edad lo acusaron a su madre por difamar a Pinochet en la escuela. A los 9 años ya era un preguntón profesional y sometía a su abuelo a extensos interrogatorios que incluían preguntas sobre dios, el tiempo, los mundiales de fútbol, los dinosaurios, la vida extraterrestre y otras menudencias. De la escuela recuerda que, fruto de las incontables expulsiones de la sala de clases, conoció a una señora que llamaban “tía Rosita” en una cosa que llamaban “la biblioteca”: desde ese día, ella comenzó a pasarle libros que él leía. Comprendió entonces que podía mantenerse quieto, ¡por fin!, leyendo literatura fantástica.
Estudió ciencia política (hasta hoy, asegura que la política nada tiene de ciencia) y distintos postgrados de los que, reconoce, poco recuerda. Hoy, expulsa la entropía cerebral soplando un saxofón, moviéndose arriba de una motocicleta y pateando pelotas de fútbol.
Dicen que duerme poco, pero que imagina mucho, y que cree que las uvas están hechas de vino y nosotros de palabras que cuentan lo que somos, y que podemos contarnos de distintos modos, o por lo menos eso intenta mediante una pócima que insiste e insiste en utilizar: mezclar las palabras.