Antonio Cuesta
Aunque en los últimos años han proliferado los másteres de Edición en toda universidad que se precie, vale la pena decir que tal título ni garantiza empleo ni es condición necesaria para el ejercicio de la profesión. Aclaro que esta idea no es mía, la tomo de El arte de rechazar manuscritos (Debate, 2026) de Constantino Bértolo. Aunque yo sí añadiría, tras la lectura de este libro, que esos cursos avanzados tampoco parecen ser el lugar donde se aprenda el oficio.
Para quien tenga interés en el mundo del libro y la trastienda de las editoriales este tipo de ensayos escritos por editores, sean en su vertiente de manual o de memorias, siempre resultan instructivos. Si además el autor tiene una posición crítica con la deriva del mercado editorial, como es el caso de Bértolo, cuentan con una ventaja añadida a la hora de recorrer sus páginas. El arte de rechazar manuscritos se centra en analizar una tarea cotidiana a la que dedicamos bastante tiempo quienes debemos leer y seleccionar manuscritos (u originales) para su eventual publicación.
No es un trabajo extenso, tampoco profundo. Pero toca temas básicos y aporta desde la experiencia soluciones o respuestas donde prima el sentido común; y se esté más o menos de acuerdo con ellas establecen una base para el debate. Cuestiones como la rentabilidad o la calidad de una editorial, la «doble alma» del editor, la comunicación con las autoras y autores, la búsqueda de un público lector… son analizadas desde la óptica de quien ha conocido desde dentro el funcionamiento de una gran editorial (con múltiples sellos y distintos perfiles). En otros temas, de impacto más reciente, como la autoedición o la participación de la Inteligencia Artificial en las tareas editoras, Bértolo no llega a profundizar mucho, dejando muchas dudas sin respuesta.
Y ahora voy al tema central (expresado en el propio título del libro) que el autor trata de explicar, adentrándose en el cómo y el por qué se desestima un texto. Entre lo que podríamos considerar como definiciones, posibilidades y alternativas (tanto para el editor/a como para quien manda su original a evaluar), hay una parte ineludible del ensayo que cuenta algunos de esos casos sonados de obras o autoras rechazadas y que con el tiempo se convirtieron en grandes éxitos, lo que generó no pocas burlas contra los responsables de la primera negativa.
Uno de esos ejemplos es el protagonizado por Doris Lessing, premio Nobel de Literatura en 2007, quien años antes, y siendo ya una reconocida escritora, envió a varias editoriales el manuscrito Diario de una buena vecina bajo seudónimo. La novela fue rechazada incluso por la editorial que solía publicar sus libros, pues si bien lo consideraron «un buen libro» a la vez era completamente inviable desde el punto de vista comercial. Algún otro editor lo calificó como «demasiado deprimente». Aunque, una vez desvelada la «travesura», la propia Lessing animó a los jóvenes escritores a que no se desesperen al ver rechazados sus originales pues «a veces ese rechazo no tiene nada que ver con la calidad del libro ni con el talento del autor», Bértolo va más allá y recuerda que la negativa a la novela de Lessing (que finalmente fue publicada) se debió al argumento de la historia: el deterioro de la vejez en la vida de una anciana. Un tema al parecer poco atractivo para la venta. El propio Bértolo reconoce que cuando en su empresa quiso publicar un texto con un asunto similar el comercial le subrayó con vehemencia que «la vejez no vende». Igualmente considera que Diario de una buena vecina «era y sigue siendo una novela poco noticiable, poco reseñable. Un buen libro, reconoce el editor al rechazar su publicación, ‘pero difícilmente comerciable’. Y así fue».
Años después, y con una sociedad aún más envejecida, la cuestión no parece haber cambiado sensiblemente. Hablo ahora de Cuando llega la nube (Dyskolo 2025), de Gracia Texidor. Una reflexión aguda y poética, un intento de acercarnos al universo que muchos de nosotros habitaremos en el futuro, y que a veces se nos muestra inaccesible. Cuando aún era un manuscrito este trabajo pasó por las manos de Bértolo quien lo consideró «un buen libro publicable». Poco después llegó a las mías y más o menos con la misma valoración abrí la posibilidad de convertirlo en libro, y de que llegara a las manos de lectoras y lectores. Lo que entonces no supe (y más tarde Bértolo tampoco me contó en una de las presentaciones de la novela) fueron sus reservas con respecto a este tipo de novelas donde la vejez es protagonista. Es cierto, en una sociedad donde el culto al cuerpo es sagrado abordar desde la literatura el deterioro físico y la senilidad de manera directa parece una cosa de mal gusto. Lo que probablemente pueda afectar (y afecta) a las ventas del libro.
No sé cuál podría haber sido el destino del manuscrito de Gracia Texidor de no haber caído en mis manos. Si habría ocurrido, como Doris Lessing denunció en su día, que a quienes «no tienen un nombre conocido, nadie les hace caso». Pero en todo caso debo agradecer a Bértolo que nos haga partícipes de toda esa tramoya, de ese enredo dispuesto con ingenio y disimulo, del mundo editorial que él tan bien conoce.


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